viernes, 11 de mayo de 2012

Haciendo cosas indebidas (Parte I)

En cuanto salí del baño, Verónica se levantó del sofá, cogió las llaves del coche que estaban sobre la mesa y nos fuimos directo al estacionamiento. Habíamos estado bebiendo en su departamento desde la tarde. Ya era de noche y apenas yo andaba medio pedo. Eso era mala señal. No hay cosa más tormentosa que estar “medio” alcoholizado. Un hombre es capaz de soportar una vida medio afligido, medio enfermo, medio atormentado, medio desesperado, medio miserable y medio enloquecido, pero jamás medio jumo. Cuando subimos a su auto y nos pusimos en marcha me dijo que no me preocupara, que la peda seguiría toda la noche. Me soltó que había quedado con unos viejos amigos en un lugar al que no puse atención. El caso es que como siempre, yo no desembucharía ningún quinto. Vero era una buena chica.
No era tan agraciada pero tenía un humor genial, unas nalgas nada despreciables y además tenía un trato gentil con las personas que le hacía relucir formidable en todo aspecto. Nos conocíamos desde la preparatoria. Por aquel entonces ella decía estar tremendamente enamorada de mí. Decía que yo tenía una mirada atractiva. En realidad casi todas las mujeres me han dicho lo mismo. Eso me vino bien ya que durante todo ese tiempo pude disuadirla para hacer todas mis tareas y para solventar muchas de mis borracheras esos años. Todo eso a costa de unas cuantas horas de mi compañía. Cuando una mujer no sabe distinguir entre el amor y la obsesión, el hombre tiene asegurados buenos momentos para el futuro.
Desde entonces nos frecuentábamos de cuando en cuando. Por eso empecé a creer que iba a tener un patrocinio esporádico de alcohol por siempre.
Vero condujo en línea recta varias cuadras hasta que torció en una y se incorporó a la avenida patriotismo.
—¿Ahora adonde me vas a llevar? —pregunté pensativo.
—A un lugar que no te va a gustar —replicó dibujando una sonrisa jocosa.
—Ya sabes que ningún lugar me agrada tanto.
—Cascarrabias. ¿Siempre tienes que ser tan razonable?
—No tengo otra manera para entretenerme.
—Iremos a pata negra
—¿Es una pulquería?
—No, es un lugar agradable que está en la Condesa
— Vaya, de vuelta en la Condena.
—Lo siento, te chingas, yo soy la que pago. Así que no tienes alternativa.
Era verdad. Me tenía de los huevos. Amenudo ocurría lo mismo. Aunque solía protestar por esos entretenimientos absurdos, ridículos e incómodos, siempre mandaba por la borda mis prejuicios con tal de seguir mamando de la botella. Cuando te encuentras borracho, desarrollas una aguda capacidad para hacerte el pendejo, el desentendido. Omites todo y finges armonizar con cualquiera, y el peor muladar se vuelve un lindo palacio. Cambias de perspectiva como de calzón. Te vuelves un cretino íntegro por unas cuantas horas.
Después de un rato llegamos y estacionamos el auto a unas cuadras. Mientras caminábamos ella no dejaba de mirarme con un aire atónito.
—Te juro que no puedo creerlo —dijo.
—¿El qué?
—Contigo, un buen baño es suficiente para darte un aspecto muy distinto.
—¿En verdad?
—Lo juro. Luces más blanco, más lindo, más respetable. Parece que el baño te da vitalidad
—Ya vienes muy briaga.
—No, no, para nada. En verdad pareces otra persona
—Eso es un problema. Por eso no lo hago seguido.
Vero me estaba arruinando la noche con tantas confesiones. Decía la verdad de nuevo. Siempre he tenido un aspecto endeble y un tanto “dudoso”. Eso me ha ocasionado un sin fin de problemas. A veces piensan que soy puto o demasiado delicado. Por eso, cuando niño, los chicos nunca me invitaban a los deportes de contacto o me incitaban en acciones temerarias. Una vez, cuando mi padre quiso que entrenara box, fui a un gimnasio para inscribirme. Pero en cuanto el entrenador me vio dijo a mi tío (él me había llevado) que esa no era una actividad para “alguien como yo”. En el soccer y el americano pasó lo mismo. Mi complexión delgada y ese rostro medio afeminado no me favorecían en absoluto. Mi apariencia siempre ha complicado mi vida. Por eso decidí esmerarme por un aspecto más destruido. Sabía que una fachada desmejorada sería mi remedio temporal.
Cuando llegamos a las puertas de ese bodrio dos lindas mujeres y un regordete saludaron horrorosamente efusivos a Vero. Tenía la ligera impresión de haberlos visto antes. Enseguida, una de las chicas se acercó a mí intentando abrazarme. Entonces por una reacción instintiva retrocedí un poco y dije:
—¿Te sientes mal?
—¿ A poco no me recuerdas?
—Tengo pésima memoria —mentí.
—Soy Violeta, también de la prepa.
Lo dijo como si hubiese sido la protagonista principal de varias anécdotas por esos años. Y en verdad lo era. Aunque de esas demasiado desagradables que para mi mala fortuna aún no he logrado olvidar.
—Ah sí, ya recuerdo. Si, si. Seguro que te recuerdo.
—¿Lo ves? —dijo entre risas—, soy inolvidable.
—Para mi puta suerte —susurré.
—¿Qué?
—Creo que ya vamos a entrar.
El estilo del lugar era repugnante. Tenía dos pisos. En el primero tocaban música en vivo, pero para mí buena fortuna, ese día no cometieron semejante estropicio. Uno comienza a desquiciarse al escuchar a bandas interpretando covers de caifanes o de un sinfín de bandas ochenteras-noventeras igual de culeras. El segundo piso resultaba ser la zona de baile con su DJ y demás. Al parecer, la gente jamás aprenderá la distinción entre un excelente Dijing y un simple junta retazos musicales. Esos pululan como las moscas alrededor de un gato agusanado.
El acceso se puso un poco complicado. Aunque no para mí. Siempre he tenido la fortuna de que cualquier lugar me abre sus puertas sin complicaciones. Permanecimos un rato frente a las puertas del lugar. Lo sentí muy estúpido. No entendía por qué debíamos esperar para entrar a un lugar menos divertido y más caro que un congal. Un putero siempre será más digno y guapachoso que un lugar de ese estilo.
Cuando por fin entramos, tardamos otro rato para conseguir una mesa. Mientras tanto, yo permanecía de pie recargado sobre la barra. Miraba uno de los más maravillosos desfiles culinarios que había presenciado en los últimos meses. Ahora que lo pienso, esa es la única razón por la cual no reniego demasiado a la hora de fondear en covachas así. El lugar estaba atestado de un sinfín de nenas. De esas hijas de la noche.
Mientras yo miraba a esos retazos rebosantes de buena carne menearse por todos lados, Vero estaba discutiendo con todos los meseros que paseaban presurosos por ahí. Por eso supe que pronto nos darían mesa. Eso me encantaba de Vero, y de algunas mujeres en general. Siempre amables y a la vez siempre dispuestas a ponerse duras cuando la ocasión lo requería. Una mujer sumisa es tan aburrida como una puta amateur.
Al poco rato nos dieron la mesa y comenzamos a beber contentos. Vero charlaba con las dos guapas e insoportables que venían con nosotros. A la otra no la recordaba y entendí que sería mejor no esforzarse. De todas formas no cruzamos palabra durante la noche. Mientras tanto, el regordete intentaba darle rienda suelta a su lengua conmigo.
—Yo te recuerdo —dijo mientras jugueteaba con sus pulgares.
—¿Ah sí? Seguro también de la prepa.
Era obvio.
—Si, de hecho tú cursaste dos años conmigo.
—¿En verdad?
—Sí, me sentaba a unos cuantos asientos tras el tuyo.
—Debieron ser pocas veces.
— Así fueron.
—Seguro. Sólo entraba cuando debía lavarme las manos o cuando me daba por dormir un poco.
—Tú le gustabas a casi todas mis amigas y a muchas de la escuela.
—Mi teléfono casi ya no suena. Ahora de nada sirve que lo sepa. (Aunque ya lo sabía por Vero).
—Tienes razón.
La noche no iba tan mal. Vero me había dicho que podía pedir cuanto quisiera. Así que no me fue difícil despacharme con la cuchara grande. Ella era tres años mayor que yo. Su trabajo como publicista le daba para muchos caprichos. Nunca tuvo problemas para ingeniar mierda cerebral rentable. En todo caso, lo único que me mantenía con vida esa noche era mirar a las chicas del lugar y continuar bebiendo. Sin embargo, dos horas más tarde Vero me dijo algo que comenzó a inquietarme. Ella estaba hablando por teléfono y después de colgar me dijo:
—Ya no tarda en llegar. Es alguien que te agradaba. Y seguro lo seguirá haciendo.
—¿De verdad?
—Estás hablando conmigo, cabrón.
Reí un poco. Para ser honesto no pasaba por mi mente quién podría ser. Por más que intenté pensar qué mujer sería no di en la diana. Pasaron dos largas horas y yo seguía con los ojos acuchillando los vestidos vaporosos de esas zorritas bañadas en perfumes caros. Ojalá una de ellas se decida esta noche a perderme el asco, pensé.
Recuerdo que la última vez que acudí a una madriguera como esas también fue con Vero. Salí dando traspiés con una güera muy alta y buena y de nariz muy prominente. Decía que vivía en la Roma y que podíamos seguir chupando en su depa. Creo que lo que más le gustó esa noche fue la manera tan resuelta como comencé a manosearle el cuerpo cuando íbamos haciendo el trayecto a su casa. Recuerdo que a medio camino saqué una pipa de cristal y comenzamos a fumar un poco de Kief. La vieja estaba extasiada. Decía que no había conocido a un tipo realmente despreocupado y resuelto de la vida. Me preguntó cómo lo había logrado.
—Si aún vives con tus padres después de los veintiuno, estudias en una escuela pública que te hará ver que las cosas están peor de lo que pensabas, si nunca te alejas de tus vecinos en la colonia marginal donde aún subsistes, y si te rodeas de la peor escoria que puedas encontrar, verás que por arte de magia muchas cosas dejan de entusiasmarte en gran medida.
Yo sabía que el gusto que sentía por mí equivalía al de una niña caprichosa que ha comprado un ave exótica en una tienda departamental. Sin embargo, el encanto se rompió por la mañana cuando le pedí para el metro de regreso. La economía siempre se impone ante la necesidad de una buena compañía.
En fin, pasó un largo rato y de pronto tuve ganas de orinar. Fui al baño para desperezarme un poco y olisquear la deliciosa fragancia femenina que se extendía en los alrededores. De camino me topé con una morena radiante. Por debajo de su blusa de algodón, bamboleaban unas mamas grandes y sólidas. No se movían demasiado mientras caminaba muy petulante. Quería tocarle el pezón con mi dedo índice. Iba cogida de la mano de un cretino al cual no puse atención. Hubo un trueque de miradas. La desvergonzada me miró retadora y desde luego yo no hice más que mirarle un par de segundos los ojos y el resto del tiempo las tetas. Me gusta cuando las mujeres desvían la atención mientras su estúpido adorno está tratando de comunicarles algo y no lo pelan. Me fascina el coqueteo con todo y compañía.
Después entré al baño y oriné tomándome mi tiempo. Salí sin distracciones. Olvidé lavar mis manos. En realidad, nunca me lavo las manos. Lo sabía, era un puerco. Entonces regresé y me las enjuagué un poco. Pero para secarme ambas manos retorné a la mesa, y en cuanto llegué al asiento, con suma naturalidad tomé por los hombros a mi pre diabético amigo y froté mis palmas un poco en su chaqueta de diseñador. Después de un rato cobré conciencia que mientras había ido al baño alguien más ocupaba lugar en nuestra mesa. Vero estaba en la barra charlando con otra mujer que no lograba distinguir. La luz era demasiado mortecina. Pero noté que al rededor de la mesa ya había cuatro bolsos. Por esa razón deduje que alguien más había llegado. Nunca hay que perder de vista los detalles, pensé en silencio.
Esperé un rato y cuando esas dos dejaron la barra y se acercaron, tuve que cuidar no hacer un ademán idiota. En verdad no daba crédito. Rosario fue la chica más linda de la escuela, la más cortejada y por supuesto la menos accesible por aquel entonces. Durante un tiempo salimos. Pero por una razón que aún no comprendía nos distanciamos. Algo quedó inconcluso. Y ahí estaba esa noche. Frente a mí, otra vez. Con nosotros. Y yo sin saber qué decir.